La importancia de tocar los pies

El masaje de pies Tailandés.

En Occidente aún es poco frecuente el masaje de pies. Si hace poco que has vuelto de Asia, especialmente del Sudeste Asiático y concretamente de Tailandia, seguro que aún guardas en tu retina la imagen de gente en la calle ofreciendo el servicio de “masaje de pies thai”. Ellos no tienen ningún pudor al mostrarse en público tocando los pies a otras personas. Son muchos los terapeutas de masaje tailandés que ofrecen sus servicios en la calle, en un sillón o silla con una pequeña banqueta donde el cliente apoya sus piernas estiradas y sobre la que posa sus pies. Los terapeutas o masajistas, según el caso, se sientan en otro pequeño taburete para alcanzar con facilidad y comodidad los pies y piernas de los clientes.

Aún recuerdo la primera vez que fui a Tailandia, me sorprendía encontrar sillas en las que poder tumbarme y recibir un masaje de pies, casi en cualquier lugar, aún mantengo en mi memoria la sensación cuando por primera vez y sin pudor me dejé tocar los pies. Y digo esto porque antes de esa primera experiencia con el masaje de pies Tailandés que cambiaría mi percepción para siempre, me había resultado casi imposible que alguien me tocara los pies, nunca había sentido cosquillas en la planta del pie, no me resultaba placentero que me tocaran los pies, no me gustaba las experiencias que había tenido en mis pies. Quizás también habría que decir que antes de ese primer masaje tailandés de pies, yo no estaba preparada para que alguien me tocara los pies y removiera mi alma.

Hoy en mi paseo matutino con mi perra, caminando por el monte, me vino a la mente claramente “la importancia de tocar los pies”. Quizás porque andaba muy lenta y torpemente por el tremendo dolor ciático que desde hace días me acompaña, quizás por el dolor que siento en los dedos gordos de los pies después de caminar o quizás simplemente porque recordé “la importancia de tocar los pies”.

Cuando estuve ingresada en el hospital durante un mes, decidiendo entre seguir o no seguir, algun@s amig@s venían a verme y a parte de conversación, venían con un tarrito de crema o aceite, o ambas cosas en algunas ocasiones, y me tocaban los pies y me masajeaban las piernas. Esas personas me ofrecían el mayor acto de amor que brotaba de sus corazones en esos momentos, se conectaban con mi ser para ofrecerme exactamente lo que necesitaba. Yo siempre he sido una persona delgada y muy flexible, con pies y piernas delgados y musculados pero por aquellos días mis piernas, durante el día, casi triplicaban su tamaño, mis tobillos dejaban de existir y mis pies estaban absolutamente hinchados. Muchas de las personas que venían a verme y me ofrecían tocarme los pies, me recordaban que estaban al servicio y que en ese instante, el servicio lo necesitaba yo. Cuántas veces había dicho en los cursos que impartí que lavar y tocar los pies es uno de los mayores actos de humildad y amor que puedes ofrecer al otro, porque literalmente, te pones al servicio. Ell@s me ofrecían el agua en medio del desierto, la calma después de la tormenta, el silencio tras el grito, la generosidad sin más.

Quizás ningun@ de ell@s sea consciente de cuánto bien me hizo, de cuánto me ayudaron, de que esos momentos me hacían volar.

Los pies, esa parte olvidada del cuerpo, que tanto descuidamos, que tan poco escuchamos, que tan fácil olvidamos, ¡qué importante son!. Lavar los pies, ponerte al servicio, mostrar que quieres ayudar sea o no con intención, hacerlo, tocar los pies, las piernas, masajear, sabiendo sin saber, con el corazón, dejando de lado los pensamientos, las creencias.

Cada caricia en mis pies, cada pase por mis piernas, el aceite, la crema, las palabras fueron bálsamo, me tocaban y me acariciaban el alma, me tocaban y me abrazaban, me tocaban y yo lloraba, conmovida, como nunca, por tantos actos de amor y de generosidad.

Y salí del hospital y elegí caminar. Me dejé tocar los pies, las piernas, masajear mis pies y mis piernas, me dejé querer, me dejé abrazar, se abrió mi corazón, pedí perdón, morí, se inició una nueva vida, caminé, caminé y caminé y sigo caminando, paso a paso.

Hoy me acordé del momento en el que decidí aprender masaje de pies Tailandés. Llegué de Tailandia con la decisión de aprender ese arte y lo aprendí y después lo enseñé. Hoy me acordé que mi intención al enseñar el masaje tailandés de pies siempre fue transmitir “la importancia de tocar los pies”, independientemente de la persona, la condición o la situación. Tocar sin expectativas, tocar sin mirar, tocar y sentir, lavar y tocar los pies como el mayor de los servicios.

Hoy recordé “la importancia de tocar los pies”. Hoy me acordé que l@s que me tocaron los pies, me quieren, me aman, me ayudaron cuando más lo necesitaba, me dieron bálsamo, se pusieron al servicio. Hoy sentí mi dolor de pies y me dolió el alma y lloré por haber olvidado “la importancia de tocar los pies»

Ana Belén Martínez 

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